Después de dar vida a Pequeña Anita, Ana Foligna siguió desarrollando un proyecto que nace de una convicción profunda: el arte no pertenece solo a quienes viven de él. En esta tercera y última parte de la entrevista para Socialmente Artista, hablamos sobre el Laboratorio de Anita, la creatividad cotidiana, los sueños que no tienen fecha de caducidad y la importancia de seguir creando a cualquier edad.

A lo largo de esta conversación, Ana Foligna compartió su recorrido artístico, las pausas que marcaron su carrera y el nacimiento de Pequeña Anita. Pero detrás de esa obra también existe un proyecto que amplía esa misma mirada: un espacio donde el arte deja de ser un objetivo para convertirse en una forma de volver a conectar con uno mismo.
¿Te perdiste las entregas anteriores?
Lee la primera parte de la entrevista a Ana Foligna.
Descubre la segunda parte dedicada a Pequeña Anita.
El Laboratorio de Anita: un espacio para volver a crear

Mercedes Mathey: Además de tu trabajo como artista, desarrollaste el Laboratorio de Anita, un espacio creativo con una identidad muy particular. ¿Cómo nació este proyecto y qué lugar ocupa hoy en tu vida?
Ana Foligna: El Laboratorio de Anita nació de una necesidad muy personal: demostrar que el arte no es una sola cosa. Siempre sentí que la creatividad podía expresarse de muchas maneras y que necesitábamos espacios donde experimentar sin miedo a hacerlo bien o mal.
Con el tiempo empecé a notar que, incluso en talleres creativos, muchas personas llegaban con vergüenza o con miedo a expresarse. Recuerdo proponer algo tan simple como moverse al ritmo de la música y descubrir que a algunos les costaba muchísimo. Ahí entendí que no necesitábamos otro lugar donde aprender técnicas, sino un espacio donde volver a jugar.
Por eso lo llamé Laboratorio. Un laboratorio es un lugar donde se prueba, se mezcla, se investiga y, a veces, las cosas salen como esperábamos y otras no. Para mí, crear funciona exactamente igual. Hay ideas que florecen y otras que simplemente nos enseñan algo para el siguiente intento.
Lo más importante es que nadie se sienta juzgado. No hace falta contar la historia más profunda de tu vida para conectar con el arte. A veces alcanza con cantar, pintar, escribir, bailar o simplemente permitirse hacer algo diferente durante un rato. Ese pequeño espacio puede ser suficiente para volver a encontrarse con uno mismo.
Pequeña Anita, una historia inspirada en la infancia de Ana Foligna

Mercedes Mathey: ¿Qué encontraste en Anita que resonó de una manera tan especial con vos?
Ana Foligna: Anita tiene mucho de mi propia historia. Escribir Pequeña Anita fue volver a mirar a esa niña que fui, a muchas de las cosas que sentía y que, en ese momento, no sabía cómo explicar.
Recuerdo que, cuando tenía unos cinco años, estaba jugando en el patio de la casa de mis abuelos y juré haber visto un león. Grité tan fuerte que salieron todos a ver qué pasaba. Con el tiempo entendí que quizá no había un león, pero esa imagen quedó grabada en mí. Hoy creo que hablaba de otra cosa, de la forma en que los niños viven el mundo y de todo aquello que sienten sin encontrar siempre las palabras para expresarlo.
Esa experiencia, y muchas otras, fueron dando forma a Pequeña Anita. Quería escribir una historia para aquellos niños que, como me pasó a mí, alguna vez sintieron que no encajaban o que no comprendían lo que les ocurría. Quería que supieran que todos tenemos recursos para afrontar nuestros miedos, crear, imaginar y encontrar nuestras propias respuestas.
El proyecto comenzó con siete cuentos, uno dedicado a cada chakra. Después llegó una primera versión de la obra, mucho más grande de lo que podíamos llevar al escenario. Con el tiempo fuimos transformándola hasta convertirla en la historia que hoy conocen los niños. Más adelante volví a escribir el cuento, tomando como base la obra teatral, para que también pudiera llegar a colegios y a las primeras infancias.
Mi sueño es que Pequeña Anita siga creciendo y que, algún día, pueda llegar a otros lugares y acompañar a muchos más chicos a descubrir todo lo que son capaces de hacer.
Nunca es tarde para empezar

Mercedes Mathey: Muchas personas sienten que ciertos sueños tienen fecha de caducidad. Desde tu experiencia, ¿qué te enseñó el paso de los años sobre crear, reinventarte y comenzar nuevos proyectos?
Ana Foligna: Aprendí que los sueños no tienen edad. Pueden transformarse, cambiar de forma o esperar el momento adecuado, pero nunca dejan de tener valor. Si hay algo que realmente querés hacer, creo que vale la pena intentarlo, siempre de la mejor manera posible para vos y para quienes te rodean.
Con el paso de los años también entendí que disfrutar de la vida no significa quedarse quieto. Muchas veces parece que, al llegar a cierta edad, lo único que queda es descansar. Yo no lo vivo así. Para mí, disfrutar también es seguir imaginando proyectos, aprender cosas nuevas y mantener viva la curiosidad.
De alguna manera, quiero cambiar esa idea con la que crecimos. Recuerdo a mis abuelos viviendo una etapa muy distinta, pero yo siento que hoy puedo elegir otro camino. Quiero seguir creando, escribiendo, investigando y compartiendo todo lo que todavía tengo para dar.
El miedo aparece, claro que sí. Siempre hay dudas y personas que cuestionan si vale la pena empezar algo nuevo. Pero aprendí que el verdadero riesgo no es intentarlo, sino quedarse con las ganas. Prefiero descubrir hasta dónde puedo llegar antes que preguntarme, dentro de unos años, qué habría pasado si lo hubiera intentado.
Crear también es una forma de vivir
Mercedes Mathey: Si pudieras hablarle a alguien que tiene un proyecto, una pasión o un sueño artístico guardado porque piensa que ya es tarde, ¿qué le dirías?
Ana Foligna: Le diría que lo saque del cajón. Que vuelva a mirarlo, que lo reescriba si hace falta y, sobre todo, que se anime a hacerlo. No importa si empieza en su casa, en un teatro, en un colegio o en una plaza. Lo importante es dar el primer paso.
Muchas veces pensamos que solo vale aquello que llega muy lejos o que alcanza reconocimiento. Yo no lo creo. Para mí, el verdadero éxito empieza cuando uno se permite hacer eso que lleva tanto tiempo deseando.
No hace falta convertirse en una persona famosa para sentir que un sueño valió la pena. Puede ser escribir un libro, plantar una huerta, hacer fotografías, pintar, narrar cuentos o simplemente recuperar una pasión que había quedado olvidada. Lo importante es dejar de postergarlo.
También creo que la sociedad nos cuenta una historia equivocada sobre la edad. Parece que cada etapa de la vida viene acompañada de una etiqueta y de una lista de cosas que deberíamos o no deberíamos hacer. Pero las personas somos mucho más que eso. Somos nuestras ganas de aprender, de crear y de seguir descubriendo quiénes somos.
Al final, crear también es una manera de vivir. Es elegir seguir imaginando, seguir aprendiendo y seguir encontrando belleza en las cosas más sencillas. Mientras conservemos esa capacidad, siempre habrá un nuevo comienzo esperándonos.

Nos quedamos con esta frase
«No importa la edad que tengas. Si hay un sueño que sigue esperándote, animate a dar el primer paso.»
— Ana Foligna
Una idea para llevarte de esta conversación
Quizás la mayor enseñanza que deja Ana Foligna no tenga que ver únicamente con el teatro o con Pequeña Anita, sino con la manera en que elegimos vivir. Crear no significa solo producir una obra, escribir un libro o subir a un escenario. También puede ser preparar una mesa con cariño, regalarse un momento para imaginar, recuperar un proyecto olvidado o volver a confiar en una idea que parecía imposible.
En un mundo que muchas veces nos invita a ir cada vez más rápido, esta conversación nos recuerda que nunca dejamos de ser artistas cuando seguimos permitiéndonos jugar, aprender y crear.
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Cada artista vive el arte de una manera diferente. En Socialmente Artista compartimos entrevistas, proyectos y conversaciones con personas que, desde distintos recorridos, nos recuerdan que crear también es una forma de habitar el mundo.
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